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El rol de la mujer en el Antiguo Egipto

Nota Área de Antropología:

El rol de la mujer en el Antiguo Egipto

Publicado el 03/03/2026
Busto de Nefertiti, en el Neues Museum de Berlin.
Busto de Nefertiti, en el Neues Museum de Berlin. (Imagen: Christophe Gateau/dpa).
Verónica Silva Pinto, curadora del Área de Antropología del Museo Nacional de Historia Natural, y Carlos Ñancupil Toledo, estudiante de Arqueología de la Universidad Austral de Chile, examinan el rol social, jurídico y económico de la mujer en el Antiguo Egipto, demostrando que los roles de género constituyen construcciones culturales históricamente situadas y no expresiones de un orden natural inmutable.

A diferencia de la creencia extendida de que es “natural” relegar a la mujer al ámbito doméstico, la historia muestra realidades mucho más diversas: en distintas sociedades, los roles sociales atribuidos al sexo se organizaron de otras maneras, y uno de los ejemplos más claros es el Antiguo Egipto.


Aunque se trataba de una sociedad heteropatriarcal, la relación entre hombres y mujeres se entendía, en muchos aspectos, como complementaria. Este rasgo no pasó desapercibido para observadores externos: el historiador griego Heródoto, en el libro II de sus Historias, manifestó su sorpresa ante lo que consideraba costumbres “inversas” respecto a las griegas. En un pasaje conocido afirma: “Entre ellos las mujeres van al mercado y se dedican al comercio, mientras que los hombres se quedan en casa y tejen” (Heródoto, Historias, II, 35). Más allá del tono de extrañeza con el que lo presenta, el testimonio revela que la participación de la mujer en actividades económicas y públicas era lo suficientemente visible como para llamar la atención de un autor del siglo V a.C., acostumbrado a una organización social distinta.


Esta visión también se reflejaba en el ámbito religioso: las divinidades femeninas tenían un lugar central en el panteón egipcio y encarnaban principios esenciales como la magia, la justicia y el orden cósmico. Un ejemplo emblemático es Isis, no solo como “madre divina”, sino como figura de poder, conocimiento y estrategia, capaz de proteger, sanar y legitimar el orden real. Con el tiempo, su culto absorbió rasgos de otras diosas y trascendió las fronteras egipcias, expandiéndose por el mundo grecorromano y perdurando hasta los siglos IV y V d.C., cuando fue progresivamente desplazado con la consolidación del cristianismo en el Imperio romano.

 

Mujeres tocando música en mural egipcio

 


Antes de que Grecia y Roma ocuparan Egipto, las mujeres gozaban de un margen jurídico y social notable en el mundo antiguo. Sin ser una igualdad plena en términos modernos, podían poseer, heredar y administrar bienes, además de representarse legalmente: firmaban contratos y defendían sus intereses sin depender de un tutor masculino, como sí ocurría en Grecia. En el ámbito matrimonial, incluso con acuerdos familiares previos, el consentimiento de la mujer era necesario. Si quería divorciarse, podía hacerlo de forma unilateral y conservar los bienes aportados. En lo económico, su participación era visible: vendían pan, cerveza, verduras, perfumes, ungüentos y joyería, y muchas administraban negocios familiares con autonomía. Uno de los sectores más importantes fue el textil. El lino, una de las principales riquezas de Egipto, involucraba tanto a hombres como a mujeres en su producción. Sin embargo, ellas destacaron de manera significativa en tareas de hilado, tejido, costura y teñido, tanto en talleres domésticos como en espacios productivos más amplios. No era una actividad meramente doméstica: constituía una industria estratégica, y las telas podían funcionar como bienes de alto valor económico.


Además del comercio y la producción, las mujeres desempeñaron profesiones de prestigio social. Existen registros de médicas, como Peseshet, considerada una de las primeras con evidencia documental, así como de parteras y especialistas en cuidados de la salud. En el ámbito religioso, ocuparon cargos como sacerdotisas y “Esposas del Dios Amón”, un título de enorme influencia política y económica en determinados períodos. También hubo músicas y bailarinas vinculadas a ceremonias religiosas y a la corte. En circunstancias excepcionales, algunas mujeres alcanzaron incluso el poder supremo. Entre las faraonas y posibles faraonas del período clásico se encuentran Neithhotep, Merneith, Khentkaus I, Nitocris, Sobekneferu, Hatshepsut, Neferneferuaten y Tausret. Algunas gobernaron como regentes; otras asumieron plenamente la titulatura real y ejercieron autoridad efectiva sobre el Estado. El caso de Hatshepsut es especialmente significativo, ya que adoptó los símbolos tradicionales del faraón —entre ellos, una barba postiza— y consolidó un reinado próspero y estable.


Más tarde, en la etapa ptolemaica, gobernaron o compartieron el poder Arsinoe II, Arsinoe IV, Berenice II, Berenice III, Berenice IV, Cleopatra I Syra, Cleopatra II, Cleopatra III, Cleopatra V, Cleopatra VI y Cleopatra VII (la famosa Cleopatra). En este período, la tradición dinástica permitió que varias mujeres ejercieran el poder como corregentes o soberanas con autoridad propia. Incluso aquellas reinas que no ostentaron formalmente el título de faraonas pudieron ejercer una influencia considerable. Nefertiti, por ejemplo, desempeñó un papel central durante el reinado de Akenatón, participando activamente en la reforma religiosa y en la representación pública del poder. Su imagen aparece en relieves y monumentos con una visibilidad poco común, lo que evidencia su peso político y simbólico. 


Este panorama comenzó a transformarse con la llegada al poder de Alejandro Magno en 332 a. C. y, posteriormente, con la consolidación del dominio romano. La influencia grecorromana introdujo modelos sociales en los que el papel de la mujer se trasladó con mayor énfasis a la esfera doméstica y bajo estructuras de tutela masculina. Aunque las mujeres egipcias no desaparecieron del ámbito económico ni social, el marco cultural y jurídico comenzó a modificarse progresivamente.
 

El caso del Antiguo Egipto demuestra, así, que el papel de la mujer en la historia no responde a una ley “natural” e inmutable, sino a construcciones sociales y culturales que varían según el tiempo, el contexto y las formas de organización de cada sociedad.

 

Imagen de Nefertiti, la reina de Amarna